Ayer, de entre kilos de información que nos transmitimos, me hiciste rememorar mi estadia en Dinamarca. Supongo que ese repaso de vivencias me sencibilizó un tanto y me hizo soñar esa misma noche los viajes en tren que marcarton mi estadia en ese país nórdico.Aquí no cuento el sueño, pero si, narro una parte de esa fantastica experiencia...
Tenía algunas luces de cómo era mi familia: fotos que ellos, un mes antes me habían enviado y algunas descripciones físicas que se detallaban en el instructivo que AFS me había dado en Chile antes de partir, pero por más que lo intentaba, era difícil para mi imaginarme un año con ellos.
A pesar de ser verano, durante todo el viaje no me quité la chaqueta, los nervios me consumían y mis brazos prácticamente no se pronunciaban. Somwipa, una niña tailandesa que se sentaba a mi lado tampoco se había movido mucho.
Ese día, el Terminal de trenes de Copenhague estuvo muy concurrido y para evitar el extravió de alguno de nosotros, los guías nos dejaron instalados en nuestros respectivos asientos. Las caras, de todos quienes estábamos dentro del vagón, reflejaban una cierta confusión pues nadie se conocía y los compatriotas con los que habíamos llegado, viajaban en otros trenes hacia otras provincias del país. Sabíamos que en nuestro destino, una familia “gringa” estaría esperando por nosotros, pero lo que seguía después de eso, era una total incertidumbre.
Jamás nos habíamos visto, muchos no compartíamos cultura, color de piel o idiomas, solo la experiencia del intercambio. Luego de cinco minutos intentando comunicarnos a través de mímicas y un inglés chamullado - que sacó más de una risa- nos convertimos en amigos. Hablamos del desayuno, de los monitores de AFS que nos recomendaron poner buena cara, saber escuchar, y de su famoso “tírense a la piscina” para graficar las nuevas aventuras que experimentaríamos, pero por sobre todo hablamos de nuestras expectativas del viaje y de la nueva familia que nos acogería. Hasta ahí, todo eso parecía simple. Estábamos en igualdad de condiciones y el apoyo mutuo se respiraba en el aire.
En algún momento me sentí nuevamente como en el avión con el que llegué hasta acá, con el pecho apretado, con un malestar en la guatita y con el mundo avanzando a mil por hora. Esta vez no era la pena lo que me inquietaba, sino de entusiasmo por la nueva aventura.
Entre tanta conversa, no me di cuenta lo mucho que había avanzado el tren. Pasamos por varias estaciones de extraños nombres, en cada una de ellas un pedacito de nuestras amistades descendía. Gente muy animosa y gritona esperaba a los estudiantes. Todos tenían una banderita danesa en su mano y la agitaban en señal de bienvenida.El tren volvió a marchar y un paisaje parecido a la décima región chilena comenzó a asomarse por mi ventana. Vestjylland, la zona por la que atravesábamos era típicamente agrícola y lechera, con tractores y fardos de forraje. Se parecía mucho a mi hogar.
En lo que iba del viaje, mi cabeza, que muchas veces no entendía todo lo que los demás hablaban, vagaba en los últimos minutos que mis pies pisaron suelo chileno. Para mí, el viaje se había iniciado con una triste y larga despedida de mi familia biológica en el aeropuerto Arturo Merino Benítez. Y con un cruce más o menos lloriqueado por Los Andes Todo esto me recordaba los cientos de kilómetros y pies de altura que me separaban de Chile.
Por los parlantes del tren se nos aviso de la próxima y ultima parada, Ringkjobing. Ya estaba en la quemada, ese era mi destino. Durante un año viviría, aprendería y soñaría en Dinamarca, junto a otra familia y otra cultura.
Finalmente nos detuvimos. Trate de encontrar a las tres personas que conformaban mi familia con la mirada, pero la ventana, a pesar de ser amplia, no me dejaba ver el anden en su totalidad. Los pasajeros comenzaron a recoger sus bolsos y a acomodarse al lado de la puerta de salida. Yo hice lo mismo pero con lentitud, tenia un poco de susto creo.
Finalmente descendí del tren, levante la vista y los divisé. Avance hasta ellos a penas, mis dos grandes bolsos y el mar de gente que agitaba banderitas obstaculizaban mi caminar.
En un acto de valentía deje mis cosas y camine hacia ellos. Los abrace uno por uno y a pesar de que en un primer instante quedaron pasmados y rígidos por mi efusiva demostración de cariño. Con una sonrisa y una palmadita en la espalda, mi nueva mor (mamá en danés) me hizo saber que en este largo viaje no estaría sola.

