El hijo pródigo
Con las manos esposadas entró Juan Guillermo Valdés Guaiquimil a la sala donde se realizaría el control de detención. Su madre Cristina, observaba desde un asiento al final de la sala sufriendo en silencio. Sus ojos humedecidos lo decían todo: Ya no le creía más.
Su hijo favorito cayó nuevamente en el vicio delictual. A Juan no le bastaron las dos condenas anteriores que le despojaron de 161 jornadas de su existencia. Hoy se ganó cuarenta y un noches encerrado por reincidir en el robo por sorpresa.
El juez de turno Patricio Álvarez, le recordó extenso su historial policial. Frente a estos evidentes hechos él solo pudo asentar con su cabeza, pues todo era verdad.
Al parecer el hermano del imputado es el único que alberga esperanzas de que se pueda reformar. Con gestos desde el palco le hizo ver que no estaba solo y que rogaba por él.
Los jeans que sustrajo de la multi-tienda costaron más que veintitrés mil pesos. Esta vez le significaron perder una vez más la libertad y la confianza de su humilde madre que se cubre los ojos para que no la vea llorar.
Con las manos esposadas entró Juan Guillermo Valdés Guaiquimil a la sala donde se realizaría el control de detención. Su madre Cristina, observaba desde un asiento al final de la sala sufriendo en silencio. Sus ojos humedecidos lo decían todo: Ya no le creía más.
Su hijo favorito cayó nuevamente en el vicio delictual. A Juan no le bastaron las dos condenas anteriores que le despojaron de 161 jornadas de su existencia. Hoy se ganó cuarenta y un noches encerrado por reincidir en el robo por sorpresa.
El juez de turno Patricio Álvarez, le recordó extenso su historial policial. Frente a estos evidentes hechos él solo pudo asentar con su cabeza, pues todo era verdad.
Al parecer el hermano del imputado es el único que alberga esperanzas de que se pueda reformar. Con gestos desde el palco le hizo ver que no estaba solo y que rogaba por él.
Los jeans que sustrajo de la multi-tienda costaron más que veintitrés mil pesos. Esta vez le significaron perder una vez más la libertad y la confianza de su humilde madre que se cubre los ojos para que no la vea llorar.
El proceso ha terminado y el hijo pródigo promete nuevamente portarse bien, mientras la madre marcada por las decepciones anteriores lo mira con suspicacia y solo le dice: Ojalá hijo, ojalá.


