domingo, 17 de agosto de 2008

Cosas raras...

Este último tiempo he recibido ocurrencias materiales y mentales raras. Primero un quesito de regalo que me sorprendió gratamente. Ahora está pronto a acabarse pero ha hecho super felíz a mi guatita y a mi corazón.
Pero la cosa más rara, de las cosas extrañas de este mundo, ha sido un piropo que recibí ayer.

" Eres el perejil de mi sopa"...

...nunca lo olvidaré. No entendí si es porque soy una buena compañía o que mi sabor da un toque especial. quizás me quieren comer??? =P

Esto sinceramente está sujeto a análisis profundo.

viernes, 15 de agosto de 2008

Traficante de pasillo

Casi todos los días me comía un "kojac" mientras caminaba por los pasillos del Liceo Galvarino Riveros. Era casi una tradición, pero mas que eso en realidad yo que verdaderamente hacia era un trabajo encubierto, pues por esa época, me dedicaba junto a la Cony al comercio ilícito de golosinas.

Nosotras, las traficantes de pasillo vendimos desde paletas tipo Chavo del ocho, hasta nuestras memorables cocadas que en el final de sus tiempos tuvieron malicia y lograron ser la sensacion entre nuestros compañeros de curso y profes. Recuerdo en especial a la señora Claudia, la profe de Castellano que cada mañana antes de comenzar la clase me pedía unas 5 cocadas con whisky, para endulzar su día creo yo.

Durante esos casi cuatros años que estudié en Castro, pasé la mayor parte de mis días en la casa de la señora Jessie. Su pensión siempre fue un hogar para mi. Durante las noches, antes de acostarnos, ella encendía el calentador a parafina que había en el segundo piso para que niestros dormitorios estuieran calentitos. Nos turnabamos el uso del aparato. Con diez minutos por pieza bastaba.

Eramos solo 3 pensionistas en la casa: la milenka, nacho y yo, por lo mismo las onces en la pensión eran memorables. Eramos tratados como reyes, pues la señora Jessie siempre tenía una cosita rica para disfrutar en familia. No podían faltar los kuchenes, o galletas, o alfajores, o queques o hamburguesas. Siempre comiamos juntos y sin ninguna diferencia.

Muchas veces no alcancé a preparar del todo mis super cocadas en Queilen, así que llevaba mis ingredientes a la pensión y la señora Jessie amorosamente me prestaba los utencilios que yo necesitaba de su cocina. Y así trascurieron varios domingos moliendo galletas de vino en la mesa de la pensión, para que el lunes mi frasco tupperwere amaceciera lleno y listo para las primeras ventas.
La Cony y yo no amazabamos millones, pero nuestra constancia dio sus frutos. Durante mucho tiempo logré, con mis ahorros darme varios gustos chocolatosos y de vestir.
Supongo que fueron los inicios de mi vida laboral que todavía no se consolida, pues la vida universitaria no me deja demasiado tiempo para crear nuevos negocios o para pasear por los pasillos.