Porque desde hace algún tiempo quiero hacer de mis sufrimientos un atadito. Un paquete silencioso pero no molesto. Simplemente para dejarlo a un lado y verlo cuando crea que hay cosas peores y conformarme. En los atardeceres que siguen rememoraré los días y pensaré que más de algúna cosa salió mal o bien porque al igual que la vida, los problemas son evolutivos. A cada edad su dificultad. Y aunque el chocolate, la mantequilla y las carnes rojas quedarán en cierta forma relegados de mi humanidad, solo es un cerco más.Cada vez que me siento un poco perdida acerca de algo o sobrepasada por algo que inminentemente viene a mi, tiendo a tomar desiciones rápidas, casi inconsientes. Y la víctima de mis arrebatos siempre es mi cabeza. Mechones caen, cambian de tinte o se decoloran. Todo para traspasar los problemas pa´ otro lado.
El miércoles 30 viajo a Queilen. Tengo juchas ganas de ir, pero también tengo mucho que pensar.
Estos 2 meses han servido para necesitar mi terruño y a quienes habitan en él. Y aunque la futura visita es de lo más agradable, el solo hecho de tener que devolverme a esta fría ciudad capitalina me deprime antes de partir. Y es así como llegué a este corte de pelo.
Luego de comprar mi pasaje y cerciorarme de que a las 18:45 será la hora límite para el bus, caminé unos pasos y frente a mi casi sobrenaturalmente apareció una cajita vidriada donde una silla vacía y un espejo me llamaban. Entré y solté mi pelo a merced de las tijeras.
Y en fín, después de pagar lo que correspondía, miré el resultado y quedé más que conforme. Me siento mucho mas tranquila y el corte como siempre no fue extremo, sino un cambio ligero para alivianar mi cabeza.
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