domingo, 20 de abril de 2008

Corte de pelo... que aliviana esta cabecita.

Porque desde hace algún tiempo quiero hacer de mis sufrimientos un atadito. Un paquete silencioso pero no molesto. Simplemente para dejarlo a un lado y verlo cuando crea que hay cosas peores y conformarme. En los atardeceres que siguen rememoraré los días y pensaré que más de algúna cosa salió mal o bien porque al igual que la vida, los problemas son evolutivos. A cada edad su dificultad. Y aunque el chocolate, la mantequilla y las carnes rojas quedarán en cierta forma relegados de mi humanidad, solo es un cerco más.
Cada vez que me siento un poco perdida acerca de algo o sobrepasada por algo que inminentemente viene a mi, tiendo a tomar desiciones rápidas, casi inconsientes. Y la víctima de mis arrebatos siempre es mi cabeza. Mechones caen, cambian de tinte o se decoloran. Todo para traspasar los problemas pa´ otro lado.
El miércoles 30 viajo a Queilen. Tengo juchas ganas de ir, pero también tengo mucho que pensar.
Estos 2 meses han servido para necesitar mi terruño y a quienes habitan en él. Y aunque la futura visita es de lo más agradable, el solo hecho de tener que devolverme a esta fría ciudad capitalina me deprime antes de partir. Y es así como llegué a este corte de pelo.
Luego de comprar mi pasaje y cerciorarme de que a las 18:45 será la hora límite para el bus, caminé unos pasos y frente a mi casi sobrenaturalmente apareció una cajita vidriada donde una silla vacía y un espejo me llamaban. Entré y solté mi pelo a merced de las tijeras.
Y en fín, después de pagar lo que correspondía, miré el resultado y quedé más que conforme. Me siento mucho mas tranquila y el corte como siempre no fue extremo, sino un cambio ligero para alivianar mi cabeza.

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