A ese punto negro de la foto le gustaba pisar las posas de agua con sus botas de goma, comer chicle y que su mamá le leyera cuentos. Siempre quiso un perro o un gato pero no la dejaron. Sus cumpleaños siempre eran un acontecimiento, en el sentido de que para esas fechas el clan Andrade (la gran familia de keilina) estaba casi por completo en Queilen y celebraba cuanto nacimiento se evocara. Cabe destacar que casi todos los parientes del puntito, alias pajarito (como le decía su papá), estaban de cumple en enero y febrero. Y mas aún hasta aniversarios de matrimonios había entre medio, por lo tanto las semanas avanzaban tan repentínamente que entre festejo y festejo se le escurría el verano.
La mamá del puntito le preparaba las mejores tortas, siempre llenas de sorpresas y con figuras entretenidas. En este caso, un parque de diversiones de chubi y merengue que como muchos otros pasteles, antes de terminar el cumpleaños, ya no tenía adornos y las marcas de pequeños dedos delataban a los bandidos.
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