lunes, 23 de marzo de 2009

compañeros de viaje

Don Carlos se sentó rápidamente en uno de los primeros asientos, al lado de ella. Durante largos minutos despotricó contra las personas que trasportan más maletas de lo permitido. Su enojo era entendible pues mientras una señora en el andén exigía hacer entrar un parachoques de una camioneta en el maletero, él había pagado extra para poder transportar los bultos que llevaría a Chiloé. Le decía a su compañera de asiento que cómo era posible que aquella mujer tuviera la desfachatez de exigir el traslado de ese aparato junto a sus otras cinco maletas.

El bus todavía no comenzaba a andar y él a cada instante miraba su reloj e impaciente consultaba al auxiliar del bus por la hora a la que llegaría a la isla. El viaje, extenso como de costumbre, era para don Carlos una eternidad. Miraba su reloj, la ventana, el pasillo, se paraba, miraba a la gente, tocaba el bolsillo de su chaqueta, se sentaba y se volvía a tranquilizar.

Cerca de las cuatro de la mañana despertó a su compañera de asiento con su insomnio. Como dicen por ahí: El pobre no sabía donde poner su huevo. Ella le preguntó si estaba bien y don Carlos contestó que sí. Y sin pesar en el silencio que inundaba el bus ambos se pusieron a conversar. Ella intuía que él necesitaba decir algo. Durante todo el trayecto hasta la isla él no paro de hablar y ella de escuchar. Salvo en lapsos de la madrugada donde alguno de los dos caía dormido sin darse cuenta.

Esta travesía era para siempre según don Carlos. Desde mañana seré un chilote más en la isla que vio nacer a mi mujer, dijo con gran entusiasmo. La gran cantidad de bultos que transportaba: una cocina a leña, sillones, ollas y cachureos, eran según él, para llenar la casita que se estaba construyendo en Putemún, cerca de Dalcahue.

Aquel risueño e impaciente viajero durante 30 años fue chofer de micro, de esos que no duermen mucho y que sufren todo tipo de enfermedades por la poca actividad física. Su mujer, María, era una típica sureña dueña de casa y trabajadora, de esas capaces de aguantar 20 años el ritmo de vida de un chofer del recorrido, Vitacura – Plaza de armas. Pero los años les pasaron la cuenta y ambos se cansaron de vivir la ajetreada rutina de la ciudad.

Sin pensarlo mucho decidieron probar suerte en el sur. Ella tenía un terreno heredado de su padre y él muchas ganas de respirar aire puro y trabajar livianamente en un huerto lejos de la capital. Agarraron camas y petacas y durante un verano vivieron en Chiloé. La azúcar en la sangre se redujo para él y las várices de ella también disminuyeron. Esos plácidos momentos fueron una más de las tantas razones que los movieron a tomar la decisión de vivir en tan remoto lugar.
En su historia tambien figuraban 3 maravillosas hijas, que ya "estaban grandes" y prontas a terminar la universidad. Muy orgulloso comentó los logros de todas ellas. Las destacadas calificaciones las habían hecho merecedoras de buenas becas que le alivianaban la carga económica. Además todas estudiaban en distintas ciudades y sus vidas estaban relativamente armadas en esos lugares.
Por otro lado, la familia chilota los esperaba con los brazos abiertos en casa de una hermana de su señora, donde vivirían mientras terminaran de construir la propia.

Ya en el canal de Chacao, viajando en el trasbordador, él y su compañera de asiento criticaron el clima y la densa neblina que no dejaba ver la isla. Aunque don Carlos todavía estaba inquieto, una sonrisa franca inundó su rostro, dándole un aire de serenidad.

Ella jamás en su vida había conocido a una persona más feliz por llegar a Chilhue (Chiloé), especialmente porque cuando las ruedas del bus tocaron tierra chilota, él, suspiró y dijo:
"Ahora entiendo por que mi mujer se pone tan feliz cuando cruza el canal. Creo que es la alegría de saber que uno llegará a un lugar mejor".

Con el correr de la plática y casi al final del viaje, el asunto de vivir en Chiloé descubrió una intensión más bella y profunda. Los cambios que él pronto iba a experimentar y que le hizo saber a su compañera se revelaron cuando el nuevo chilote, quitándose la chaqueta, sacó de uno de sus bolsillos interiores una pequeña bolsa con una cajita cuadrada.
La abrió y le enseñó finalmente el porqué de su impaciencia. Ese domingo por fin podría casarse con la mujer que amaba.

A pesar de tener ya 55 años, parecía un jovencito ilusionado. Se veía muy ansioso por llegar a su nueva casa. Quería pedir la mano de su María en matrimonio, con todas las de la ley y con la familia de testigos. Esto significaría la consolidación del amor incondicional que mutuamente se brindaron durante todos esos años, y que no podían concretar puesto que solo hasta hace pocos meses se materializó el divorcio de don Carlos con su anterior pareja.
El cruce de dalcahue le acabó la historia a quién sirvió de compañera de viaje, pero aunque eso fue conclusorio en ese sentido, la historia de un largo viaje en pareja en busca de la felicidad le espera al llegar a don Carlos, cuando cumpla su cometido con su María.

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