Una mañana fría de febrero muchos ojos han decidido reunirse para ver esta pequeña escultura. Es invierno danés, ha nevado y el cuerpo de esta joven luce un hermoso manto albo que se derrite entre los flashes de los turistas, en su mayoría orientales.

Mas fotografiada que la misma Realeza local, la sirenita Ariel sigue sin inmutarse. Desde que en 1913, Edgard Eriksen la modelara, a petición de Carl Jacobsen como regalo para la ciudad, jamás se pensó en ella como una de las principales atracciones para quienes llegan a la capital de Dinamarca.
Inspirado en el rostro de una famosa bailarina danesa y en el cuerpo de su mujer, el escultor quiso plasmar en Den lille Havfrue (la sirenita en danés) los deseos del interesado, de dejar para la posteridad en Copenhague, la magia de los cuentos escandinavos.
Muchos tratan de encontrar una expresión a su rostro. La comparan con la Monalisa, pues luce una boca ausente de risa y una mirada que parece perdida en un horizonte marino. Y aunque varios den vuelta sus cabezas pensando en su rostro como reflejo de su mente, ella sigue allí, quieta, digna, casi sin respirar, como esperando algo, algo que ninguno de los que la observan logrará descifrar.
Mientras unos le roban un pedacito de su alma con fotografías, los guías del paseo recuerdan la historia de una joven con extremidades de pez que quiso renunciar a la vida marina por amor. Algunos visitantes, al son del mar, fantasean con el final feliz que dibujó Walt Disney, mientras otros, que si están al tanto, evocan la espuma en la que finalmente Hans Christian Andersen la convirtió, cuando, siguiendo con la línea de los tradicionales cuentos nórdicos, se inspiro para escribir aquella triste historia .
Un pequeño puente de piedras invita a acercarse y posar junto a ella, pero se debe tener cuidado, pues es fácil resbalarse. La gran roca, que sostiene sus 175 kilogramos de bronce, está cubierta de hielo y algunos dedos han incurrido en el error de tocar quedándose pegados.
Más allá, justo al frente, donde murmuran las gaviotas, se ubica el embarcadero. Los grandes barcos entran y salen de la bahía. El escenario de inigualable belleza que allí se instala, hace contrastar a una apacible sirena con la rudeza de los cargueros metálicos.
Sería terrible pensar en profanar un lugar agradable como este, pero, aunque parece un mal sueño, ha ocurrido. La estatua no sólo ha sido deshonrada con pintura roja, blanca y verde desde 1063, sino que también, en dos vandálicas ocasiones, en 1964 y 1998, la han decapitado, botando la pieza al mar.
Y aunque estos acontecimientos fueron en su momento una desgracia, la Sirenita ha tenido la gracia de Tritón y de quienes habitan la tierra, pues siempre logran suplir la carencia. Si no es encontrado el trozo, existen moldes de todo su cuerpo para reponer todo en su justo lugar.
Ya ha pasado una hora, el viento sopla fuerte y los últimos retratos de la bella joven son captados por las extravagantes cámaras chinas. Las últimas personas se van retirando y ella sigue igual. Sabe que quienes se retrataron con ella, simplemente se contentarán su foto y como siempre, la volverán a abandonar junto al mar en el muelle de Langelinie, tras cumplir con el corto tiempo establecido para la visita.
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